miércoles 15 de octubre de 2008

Vivo o muerto vendrás conmigo

Es un tema recurrente en mí. No sé si será curiosidad, o ese miedo escondido a lo desconocido (aunque parezca Belen Francese rimando) que supuestamente todo ser humano sufre. Pero siempre tengo presente a la muerte. Claro que hay situaciones cotidianas que a uno lo hacen pensar aún más.

Mientras un amigo de la infancia se debate en este momento entre la vida y la muerte en el Hospital Interzonal, luego de pegarse un palo terrible en moto (venía a 170 km/h por Av Luro a las 3 de la mañana y se le cruzó un perro, al cual agarró al medio justito; el casco le salvó la vida) mis dudas aumentan y el tema se me hace constante en la cabeza. ¿Qué me genera la muerte? O mejor dicho: ¿qué nos genera?

Hay algo curioso: en una vida llena, repleta, atestada de imprevistos, la única certeza que tenemos desde que nacemos, es que nos vamos a morir. Que nada es eterno (ni siquiera la electrónica japonesa, tarde o temprano se rompe) y que tarde o temprano, la historia se termina. Es precisamente eso lo que no termino de asimilar, es decir: ¿cómo es? A priori -creen algunos- es como cuando dormís, o sea no te das cuenta de todo lo que pasó, sobre todo si sos de sueño pesado. Para otros, la cuestión religiosa es vital y el paraíso y el reencuentro con todos los seres queridos ya fallecidos es la opción.

Sin embargo ninguna me convence. Y como me gusta ser el distinto, a mí se me ocurrió que a lo mejor, una vez muerto, comenzás a soñar otra vida. Con lo cual, en este momento nosotros estamos soñando esta vida porque en realidad ya nos morimos antes, si tener idea de quién éramos. Ojo, nada tiene que ver con la reencarnación. Acá hablamos de que, en realidad, todo es un sueño, que se renueva cada ciclo. Pero no me quiero ir del tema.

No entiendo como puede ser que aún sabiendo de entrada que nos vamos a morir, uno nunca esté preparado para la muerte de un cercano o de un ser querido. Porque de última, bueno, en la de uno mismo a lo mejor ni te das cuenta. Y como se dan las cosas, porque cuando vivo este presente sombrío, mientras todos hacemos fuerza por mi amigo Fede, justo engancho en la radio a un tipo que dijo ser “tanatólogo”, aquellos que analizan la muerte y tienen por misión ayudar a la gente a realizar el duelo correspondiente.

Y decía que un buen velatorio es vital, porque le permite al familiar despedirse como corresponde. Algo así como verlo ahí, sabiendo que está muerto, haciéndose a la idea que de última, cuando piense en él, sepa que está ahí, de manera que no quedan dudas de su destino final. Qué se yo, a mí me suena todo muy loco. Casi que no lo comprendo. Y para cerrar, porque me estoy yendo muy largo (bueno che, tenía que volver con todo), también me sorprendo a mí mismo la fantasía que me generan los cementerios y el gusto que mostrado por ellos. De hecho, me encanta recorrer cementerios, hacer cálculos de cuánto vivió la gente. Las construcciones de época, las grandes parcelas. Siempre me llamó la atención.

Bueno, básicamente eso. Dije de todo. Y no dije nada.

domingo 7 de septiembre de 2008

Respeto al miedo

Los hombres les tienen respeto a las mujeres. Sí señor. Aunque pataleen, aunque se enojen. Nosotros -incluso- creo que en cierta forma les tememos. Hay un miedo oculto, estoy convencido. Primero y principal no hay nada peor que una mujer despechada (que nada tiene que ver con poco talle de corpiño, ni mucho menos). Eso es sabido. Segundo, si la envidia, el odio y la “pica” que hay entre las mujeres se volvieran alguna vez contra los hombres, estaríamos al borde de la extinción. Y el machismo es, en consecuencia, un simple mecanismo de defensa. No quiere decir que haya superioridad por parte de nadie. Este post no apunta a eso, para nada. Sino que cuando la mujer se da cuenta del respeto que les tenemos, encuentra una serie de elementos para hacerse valer aún más en esta sociedad… machista. Y aún así, muchas veces no hay nadie más machista que una mujer. Hay ejemplos claros de nuestro temor. Uno de ellos, son las reuniones. Un grupo de muchachos dialogan sobre un tema específico, como podrían ser por ejemplo, mujeres, o fútbol, o autos. El diálogo está plagado de insultos, de malas palabras (una oyente de María Delia dice que “pobreza” y “hambre” son malas palabras, pero bueno…), de comentarios cómplices, de innumerables onomatopeyas. Pero vean ustedes que la simple aparición de una mujer automáticamente convierte a los varones en momias, que ahora hablan pausado, con vocabulario digno de un estudioso en letras y con una mirada seca, así como si lo que dice el otro no nos importara. Y siempre me pregunté por qué. ¿Realmente queremos parecer civilizados? No señores, confiésenlo. Queremos evitar el reto, queremos salvarnos de la mirada acusatoria e intentamos escapar del reclamo posterior. Del grito, de la reprimenda, de que -en definitiva- nos hagan ver como seres de otro planeta, sin civilización. Porque se supone que somos re machos y nos la re bancamos. Y si ninguneamos a una mujer, bueno, es porque se lo merece. Eso es mentira. Les tenemos miedo. Pero aunque sé que nuestro género se sentirá molesto, acá les tiro una cuestión que nos consuela perfectamente: “las mujeres jamás, nunca ni en sueños, lograrán la complicidad y el compañerismo que hay entre varones”. Sépanlo señoritas. Aunque las respetemos y les tengamos miedo. Nosotros podemos hacer eso. Ustedes no.

domingo 31 de agosto de 2008

Boleto al delirio

Eran las 07:50, el sol recién salía. Mis ojos apenas se podían despegar del sueño y mi campera era la prenda más amada de la Tierra. Llegó el 591 a la parada de Sarmiento y Gascón, paró ante mi seña y me subí. El ambiente, adentro, ya venía convulsionado. El conductor inmiscuido en una charla con dos (no una, ¡dos!) señoras un tanto mayores, de esas que -creo yo- deben levantarse a las cuatro de la mañana como para estar tan despiertas cerca de las ocho. Lo curioso es que era un vehículo solitario, con escaso número de pasajeros. Pero su ruido interior se asemejaba a un boliche de Alem a las 4 de la matina de un sábado.

Quiere decir que era imposible no escuchar. El tema de discusión se centraba en el transporte. Pero no se hablaba de frecuencias, ni del estado de las unidades, ni del precio del boleto. El núcleo eran las internas entre las empresas. Y a decir verdad, las señoras sabían bastante del tema, al igual que el chofer, claro. Uno de los parlantes dijo: “la verdad que en esta línea los choferes son todos muy amables, eso es lo lindo de viajar acá” (¿palo para el chofer?, pensé dentro mío). La otra siguió: “la verdad que sí. No como otras empresas donde son un desastre. Hay algunos que son tan maleducados…”

Hasta aquí, nada que no se haya oído. Lo bueno llegó cuando habló el conductor. “Hay muchos que son asquerosos, un desastre. Los de la Peralta Ramos son agrandadísimos, no sé por qué. Se deben creer que están en una empresa grande, andá a saber. Encima para nosotros, que vinimos de La Marplatense (¿se acuerdan?) se nos hizo más difícil, porque nos trataban re mal. Pero a estos ya le va a tocar. En cualquier momento les cae la 25 de Mayo, les compra todo y van a ver. Es más, ya tienen la mitad de la empresa”.

Una de las señoras redobló la apuesta: “Sí, no sabe. En mi edificio vive un chofer de la Peralta Ramos que me conoce. Es tan asqueroso que con tal de no saludarme, trata de salir corriendo antes que yo o es capaz de esperar que yo me vaya para salir el y no saludarme. Y me lo encuentro en el colectivo, y el señor no me saluda. Increíble”.

Y la charla se dispersó. Estuvo buena. Sobre todo porque ahora, cada vez que me subo a un Peralta Ramos, miro al chofer con odio y lo saludo sólo para saber si me contesta. Normalmente lo hace, pero bueno, la mala imagen me quedó. Y además analizo, cada vez que salgo de mi edificio, si no hay nadie al acecho tratándome de ganar de mano para salir antes o esperando que yo me vaya. Tampoco he visto a nadie. O estoy muy paranoico, o esta gente mentía. Sólo me resta esperar para saber cuándo la 25 de Mayo se quedará con todo el servicio de transporte de la ciudad.

jueves 28 de agosto de 2008

Moraleja

Aprovechando mi estado gripal y su consecuente cese de actividades momentáneo, mi mente comenzó a divagar por recuerdos efímeros hasta que se detuvo en un relato que alguna vez un amigo, en época de secundario, me contó. Como es una leyenda, es probable que alguno de ustedes la haya oído. Pero creo que vale la pena, sobre todo por su moraleja. La escribiré en primera persona, dado que así es como recuerdo las palabras de mi amigo.

Faltaban apenas dos días para casarme. Estaba viviendo un momento único porque mi novia era la luz de mis ojos. Tenía una relación inmejorable con mis suegros y mis viejos la aceptaron desde el primer día. Estaba todo organizado para nuestra unión y sólo restaban detalles mínimos. Y entonces llegó un llamado inesperado. Era la madre de mi novia, mi suegra, quien me pedía que vaya a la casa. Según me explicó por teléfono, su intención era aportarme algunas cuestiones relacionadas con su hija y otras tantas tradiciones de su familia que me sugería tener en cuenta a la hora del casamiento. Alli fui entonces, con la alegría de saber que así ningún detalle se me iba a escapar. Era la tardecita, casi la noche.

Ni bien llegué, me sorprendió no ver el auto de mi suegro en la puerta, pero no le presté más atención que esa. Toqué el timbre. Como respuesta recibí un grito, pero con tintes suaves, que decía “está abierto”. Cuando entré, mi expresión cambió. Las luces de la casa eran ténues y había una especie de sendero formado por velas que conducían, precisamente, a la habitación. Tragando saliva llegué a la puerta del dormitorio y sobre la cama, recostada, estaba mi suegra. Llevaba puesto una camisola muy transparente y debajo, una lencería muy fina. De más está decir que era muy atractiva. Y bueno, a alguien tenía que salir mi novia. Sin movernos los dos, se dirigió a mí: “sé que esto te sorprenderá, pero siempre me gustaste. Desde que te vi te deseo y como siempre quise estar con vos, prefiero que sea ahora, y no una vez que estés casado con mi hija. Me duele hacerle esto, pero mis deseos y fantasías pueden más. Y sé también que varias veces me has mirado de otra forma. Me di cuenta. Es por eso que sólo tenés que atravesar esa puerta”.

Sinceramente amigo, estaba perplejo. Debo haber quedado inmóvil unos 30 segundos, aunque para mí fueron unas diez horas. No abrí la boca. Giré sobre mis pasos. Recorrí exactamente el mismo camino, salí de la casa y me subí al coche. Quedé sentado, pensativo, frente el volante. Una luz me devolvió a la realidad. Era de una linterna, que estaba en manos de mi novia y cuyo resplandor atravesaba el vidrio. Miré hacia un costado y vi el auto de mi suegro, que antes no estaba. Atiné a bajar el vidrio y la primera imagen que vi fue el rostro angelical de mi novia, bañado en lágrimas. Se abalanzó sobre mi, me abrazó con fuerza y me dijo: “soy la mujer más feliz del mundo. Me di cuenta que me voy a casar con el hombre más fiel de la tierra, el que más me va respetar. Se que es feo esto que te hicimos con mis papás, pero era la última prueba por la que te quería hacer pasar. Y la más difícil. Y como me lo imaginé, respondiste como un caballero”.

Esa noche cenamos todos juntos y la pasé muy bien, y aunque una sensación extraña quedó dentro mío por toda la situación, me sentí feliz. Nos casamos, nuestra relación es preciosa y estamos esperando a nuestro primer hijo. Y aún hoy, después de varios años, nos seguimos riendo junto a mis suegros de aquella tarde noche.

Y yo confirmé aquella moraleja que me había enseñado mi hermano mayor y que ahora te transmito a vos amigo: siempre, pero absolutamente siempre, DEJÁ LOS PRESERVATIVOS EN LA GUANTERA DEL AUTO.

domingo 10 de agosto de 2008

Que no se corte

Y qué quieren que les diga. A mí no me avisaron. Vilmente me dejaron afuera. Jamás me informaron y aunque fue en Buenos Aires, hubiera estado dispuesto a viajar. Imagínense por un momento el panorama: un recinto enorme, lleno de mujeres dispuestas a amamantar, así porque sí. Y mejor aún, por una buena causa como lo es la importancia de la lactancia materna. ¿No sería algo cercano al paraíso? Nuestras lectoras se van a enojar quizás, pero nuestros muchachos por lo menos lo van a pensar. Claro, justo en la información que publica Clarín salen niños tomando teta, pero desde tan lejos (unos 400 kilómetros): ¿cómo podemos saber que no fue para todos? Por otro lado, como se verá, un día plagado de información. “Este encuentro no generó un gran cambio” dice un fragmento de la nota. Para colmo, la denominación de “Gran Tetada” lleva a lo más recóndito del morbo humano. Y lo más curioso es que fue impulsado por la “Liga de la Leche Argentina”. Sin comentario. Igual, hasta parece mentira que exista esa entidad en un país donde -precisamente- lo que abunda es la (mala) leche.

miércoles 6 de agosto de 2008

Eslabón perdido

Pese a que el tiempo y la propia tecnología se encargaron de imponer de manera absoluta internet, siguen dándose situaciones que no dejan de sorprender. En su momento, la verdadera “vedette” de este nuevo hijo de la globalización era la casilla de correo electrónico (conocido en el mundo anglosajón como e-mail). En cuestión de segundos, se podía mandar una carta a un ser querido o un amigo que se encontrase en cualquier punto del globo terráqueo. Y como toda innovación, al principio sorprendió. Después se “perfeccionó” y -acto seguido- encontró sus vicios. Hizo entonces su presentación estelar la cadena de mail. La idea inicial era la de comunicarle a varias personas exactamente lo mismo. Después llegó lo peor: gente que, sin aparente objetivo de vida, se dedicó a inventar (o mejor dicho a hacernos creer) que si continuábamos esa cadena, algo increíble sucederá. Cosas del tipo “verás un mensaje revelador” o “te asegurarás 25 años de mucha suerte”. Al principio era novedad. Después ya no. Ni lentos ni perezosos, estos verdaderos trabajadores de la web fueron más allá y redoblaron la apuesta: ahora las consecuencias de una no-continuidad o no-reenvío serían devastadoras. Con el correr del tiempo perderías amigos o en un caso extremo a un integrante de tu familia. Si no mandabas el mensaje a 347 personas, un piano iba a caer en tu cabeza en pleno centro, aunque si se lo enviabas a 342 sólo iba a golpearte una pelota de fútbol. La experiencia demostró que era mentira. A tal punto que existen aquellos que hoy en día, al recibir un mail con el asunto cuyo primer vocablo es FW (fordward) directamente lo mandan derechito a la papelera. Pero hay otros (y a ellos es que quiero referirme puntualmente) siguen reenviándolos! Sí, incluso personas que conocen bastante de estos vicios de internet. En resumen, parecen no aprender jamás. De una lista totalmente arbitraria, quedan excluidos aquellos que, aún con edad adulta avanzada, recién descubren el mundo cibernético. Suena agresivo, pero: ¿se puede ser tan estúpido? Cuesta encuadrar en un contexto normal que se crea que mandando una x cantidad de mailes te podés ganar una notebook. Es impensado que algo “muy gracioso” aparecerá de la nada, por arte de magia, en la computadora porque simplemente… mandé un mail. Con varios años ya inmiscuido en este mundo tecnológico, sigo recibiendo los mismos mensajes. Incluso, a veces, más. Es verdad que internet da par todo y se ha logrado innovar en gran manera. Pero de ahí a creer en semejantes estupideces. En vez de avivarse con tanto avance, la sociedad se vuelva más imbécil. Me viene a la mente la época antigua. Plena guerra. Una ama de casa recibe una carta, la clásica, de papel (¿la recuerdan?) con la siguiente leyenda: “estimada señora Sicovanovich, mi nombre es Adolfito H. Le informamos que hemos capturado a su tan amado esposo y será ejecutado, pero si usted accede a realizar copias de esta carta y las envía a todos sus amigos, es probable que muera, pero en mejores condiciones”. Por favor. Así está todo. Algunos todavía creen. Algo muy raro en un país en el que un tipo como Carlos Menem ganó tres elecciones presidenciales.

No se pierdan este exhaustivo estudio: http://www.blogdaddy.com/cadenas-correo

lunes 28 de julio de 2008

Ladrido

Loable el laburo del pasea perros. Tipos normalmente jóvenes, rodeados de todo tipo de cintas al mejor estilo alpinista recorriendo las calles de la ciudad con… ¡perros! Una decena, una veintena de ellos. Ladran, muerden, se pelean. Ojo, no juzgamos a los perros, de hecho son lindos y además esas son sus costumbres. Pero estos tipos… Esquivan gente, autos estacionados, cruzan una calle arrastrando un sinfín de criaturas vivientes que no saben muy bien adónde van, pero que en la mayoría de los casos obedecen. Igual quedan pocos pasea perros. Al menos en Mar del Plata. De hecho, este post surge porque vi tres un mismo día, cifra equivalente a todos los que vi en 2007. Pero uno de ellos en particular, iba en bicicleta. Eso no es loable. Es más: es de mala gente. Los pobres caninos con lengua afuera, trotando al ritmo de un tipo que ni siquiera quiere gastar suela de zapatilla para ganarse el mango. Y al que no le interesa el estado físico del infortunado pichicho. No merecen mención. Los que van caminando, sí. Imagínense un laburo donde quedás aislado de todo, donde el único contacto social son los perros y sus dueños, o el personal doméstico de los dueños. ¿Quién se va a acercar en la calle para preguntarles algo? ¿Alguien les ofrece agua? ¿No tienen sed? ¿Cuánto tardan en ir y volver? ¿A dónde van? ¿Tienen un recorrido o la vida los lleva por ahí? ¿Se manejan por turno? A estos tipos los banco. Ojo, sé que cobran bien. Y merecido lo tienen pues, qué tanto! Igual lo increíble es que tengan laburo. ¿Quién puede estar tan ocupado para ni siquiera poder pasear a su propio perro? Y si están tan ocupados: ¿para qué tener perros si no pueden prestarle atención? No, hablé de perros, no de hijos. No son lo mismo. Para ellos está la guardería. No hace falta sacarlos a pasear.

domingo 27 de julio de 2008

...

No hay caso. Por más que lo pienso, lo analizo, sigo sin comprender. Los benditos puntos suspensivos... Una definición más o menos establecida indica que son la manera gráfica de dejarle al lector un espacio para el análisis o bien, como su palabra lo dice, "suspender" momentáneamente el relato para llevar a la reflexión. Hasta ahí todo bárbaro. Desde la historia de la escritura, siempre fueron tres. Sin embargo, charlas de MSN, informaciones en páginas de internet y relatos que deambulan por la web aparecen atestadas de extensas líneas de puntos que simulan ser puntos suspensivos. Más de tres! Eso es un error ortográfico. Como si omitiéramos un acento o pusiéramos canción con s (cansión). Es lo mismo. Toda la vida fueron tres. Lo increíble es que los detestables autores (a quienes no logro comprender) de esta combinación creen o piensan que, a lo mejor, si ponés más puntos, la reflexión será más profunda o el lector tendrá más tiempo de analizar lo que se quiso decir o significar. Y no! Basta, por Dios. Los puntos suspensivos fueron, son y serán tres. Al menos, hasta que la Real Academia Española diga lo contrario, momento en el cual esta entrada será borrada.